Eterna Roma

Roma al revés es amor. Una ciudad caótica, sucia, con un tráfico descomunal y maltratada durante años por dirigentes medio bobos, pero a la vez es una ciudad a la que siempre quieres volver y que te enamora en cada rincón que pasas y en cada momento que vives en ella.

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Roma en enero

Yo había ido anteriormente a la capital italiana en la excursión de bachillerato, que me llevó por parte del norte de Italia y por la Costa Azul francesa. Sin embargo, esta era la primera vez que iba con Bea y para esta ocasión nos llevamos a unos invitados especiales como regalo de Navidad: a mis padres. Conocer Roma era una de las grandes ilusiones de mi madre.

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Bercianos Trotamundos!!!

Fuimos en enero y nos encontramos un tiempo muy agradable con temperaturas diurnas de 17 grados.

En el viaje de ida, me di cuenta de una cosa: mi padre tenía miedo a los aviones…, vaya regalo envenenado le hice, pues tampoco le gusta la pasta…

Llegamos al mediodía y tras hacer el check-in en el Hotel Mascagni, nos fuimos a comer y a ver algo de la ciudad. Comer en Roma como en toda Italia, salvo para mi padre, es una autentica delicia. No os voy a descubrir las virtudes y los platos italianos, porque son de sobra conocidos.

Cerca el hotel estaba la zona del Quirinal, por lo que paseando llegamos al Palacio del Quirinal, sede del gobierno de la Reppublica, pasando antes por el Palacio Barberini. Bajando por las escaleras de la derecha, se llega fácilmente y bastante rápido a la Fontana de Trevi, con la cual tuvimos una relación de amor-odio, pues casi cada vez que paseábamos por la ciudad acabábamos aquí. Al principio fue casual, pero confieso que después volvíamos adrede para desesperación de mi padre y para risas de los demás.

La Fontana de Trevi no te deja indiferente. A muchos les sorprende por su belleza y lo curioso de su ubicación, y a otros les decepciona por su tamaño y por cómo te la encuentras de golpe. Sea como sea, es un lugar mítico en parte gracias a Anita Ekberg y a Fellini. A mí, personalmente, por esas sensaciones que trasmite y por una atmósfera que la envuelve, me resulta uno de mis lugares favoritos de Roma.

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Fontana de Trevi

De camino, en la Plaza Barberini, entre el Quirinal y la Fontana de Trevi, está la preciosa Fuente del Tritón, de Bernini.

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Fuente del Triton, Bernini

Según anochecía, nos acercamos hasta el Foro Imperial, donde destaca el imponente edificio del Mercado de Trajano. Desde su interior, se ve el Foro Romano y el engendro del Monumento a Vittorio Emmanuel II, al que también conocen como “máquina de escribir” o Altar de la Patria.

Nos acercamos al Foro Romano por la Vía del Foro Imperial, que te lleva directamente al Coliseo. Fue algo difícil llegar al Coliseo y al Arco de Constantino porque había una manifestación a favor del pueblo Palestino que ocupaba casi toda la vía. De todas formas, es una pasada ver estos dos monumentos iluminados, así que la espera valió la pena.

Como ya rugía el estómago, fuimos a cenar al barrio del Trastevere. De camino, paramos en Santa María in Cosmedin, donde está la Bocca della Verità.

Trastevere, aparte de un magnífico restaurante italiano de Ponferrada, es el barrio típico de Roma. Te da la sensación de estar en un pueblo dentro de la ciudad. Plagado de restaurantes y pubs, destaca la basílica de Santa María in Trastevere, la cual aun celebraba la Navidad.

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Cruzando el Tiber

De vuelta al hotel, aprovechamos para ver una preciosa vista del Vaticano desde uno de los puentes de Tíber. Pasamos por la Plaza Navona, antiguo estadio de Domiciano, donde destaca la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini. Para mi gusto, es mejor visitarla de día, porque pese a la iluminación, la plaza realmente luce cuando brilla el sol.

También fuimos por el Panteón y cómo no, por la Fontana de Trevi, la cual es incluso un poquito más bella cuando está iluminada en la noche.

Al día siguiente, hicimos una pequeña visita guiada por el centro de la ciudad, la cual empezaba en la Plaza de España, famosa por sus escalinatas y por la Fuente de la Barcaza de Bernini (para mí que este hombre tenía algún chanchullo con el ayuntamiento…).

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Plaza de España
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Plaza España y Via dei Condotti

A mí me chocó que por un lugar como este sigan pasando coches, pero de todos es sabido el caótico tráfico romano y la penosa ordenación urbana que se hizo en su día, en la que incluso se hizo una carretera asfaltada por el medio del Foro.

La visita continuaba hacia un sitio que mi padre no esperaba: La Fontana de Trevi. También nos dirigimos hacia el Panteón y Plaza Navona, haciendo el recorrido opuesto al que habíamos hecho por la noche. En la Plaza Navona hay que entrar a la iglesia de Santa Inés en Agonía y ver su magnífica cúpula.

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Panteon
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Plaza Navona

La visita guiada terminaba en el Vaticano, justo a la hora en la que el Papa Benedicto XVI salía a la ventana, por lo cual la plaza estaba abarrotada.

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Plaza de San Pedro

Continuamos por nuestra cuenta y fuimos al Foro y al Coliseo. Sigue impresionando tanto desde fuera como desde dentro. El padre de los modernos estadios, es un viejo que si bien no envejeció como debía, se ha sabido mantener.

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Coliseo
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Coliseo
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Coliseo

El Foro te lleva a una época en la que la ciudad brilló mucho más de lo que probablemente lo hace ahora. Decadente y caótica como pocas, Roma, sin ese aire de haber vivido tiempos mejores no sería Roma. Es parte de ella. Lo sabes antes de venir y lo confirmas al irte, pero te llega muy dentro y te enamora. En ninguna ciudad se pueden ver tantas muestras de arte de tantas épocas distintas.

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Foro

Tras el Foro, fuimos a la iglesia de San Pietro in Vincoli, donde está la escultura de mármol de Moisés, obra de Miguel Ángel.

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Moisés, Miguel Angel

Roma tiene un urbanismo complicado, así que recomendamos bajaros alguna de las decenas de Apps que hay con mapas offline que trabajan con el GPS de vuestro Smartphone, y así trazaros rutas para ir de un lugar a otro sin perder mucho tiempo.

Seguimos nuestro paseo por Roma yendo a San Juan de Letrán, catedral de la diócesis de Roma y propiedad de la Santa Sede. Anexo a ella, hay un claustro con jardines y arquerías.

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San Juan de Letrán

En la misma plaza de la archibasílica, está el edificio que alberga la Escalera Santa, la cual solo se puede subir de rodillas. Si no te apetece subirlas así, hay unas escaleras paralelas que te llevan a la parte superior. Este edificio no tiene ninguna particularidad a mayores de la Escalera Santa.

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Escalera Santa

Con la noche, llegamos a otra de las basílicas mayores de la ciudad, Santa María la Mayor, que junto a San Pedro del Vaticano, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros, tienen una Puerta Santa y un Altar Papal. Preciosa por fuera, con un campanario medieval y preciosa por dentro, donde destacan varias capillas y un enorme baldaquino.

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Santa María la Mayor

El día nos había dado mucho de sí, sobre todo contando que decidimos hacer los traslados a pie, para vivir un poco más la ciudad la cual, pese a su tamaño, se puede abarcar bien a patita siempre y cuando tengas un cierto aguante y resistencia física. Imaginamos que si la visita se hace en verano, con el calor, sea algo mas difícil hacer esto mismo caminando, pero en enero, y con 17 grados, se agradece mucho.

Por la mañana, fuimos al Vaticano para ver la Basílica de San Pedro y el Museo Vaticano. No voy a escribir nada fuera de lo que ya se sabe de estos lugares, solo que no debes irte de Roma sin visitarlos. Destaca, como opinión estrictamente personal, la grandiosidad de la basílica y la opulencia del museo como contraste a la humildad que trata de proclamar la iglesia. Pero repito, es mi opinión personal.

Dentro del Museo, destaca la Capilla Sixtina. Fantástica. Pequeña pero increíble obra de arte de Miguel Ángel. Está prohibido hacer fotos en su interior, pero si te sientas en un banco de los del fondo, con la cámara en las rodillas y haciéndote un poco el bobo, puedes hacer unas fotos como esta:

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Capilla Sixtina

Debéis fijaros en unas preciosas escaleras de caracol que hay a la entrada/salida del museo, y cerca de ellas, una bella solución para salvar alturas en forma de rampa en espiral. Curioso.

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El Vaticano

No dejéis de visitar el Museo de Vehículos Papales, que tiene desde carruajes hasta el famoso Papamóvil.

Dentro de la Basílica, todo es inmenso e impactante. Desde el baldaquino hasta las naves del edificio. Que no se os escape La Piedad de Miguel Ángel.

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San Pedro del Vaticano

Aquí en sentidos opuestos, hay dos visitas obligatorias. En el subsuelo, Las Grutas Vaticanas, donde se encuentran enterrados muchos papas, y en el cielo, la imponente cúpula, obra como no de Miguel Ángel, la cual se puede visitar y, en su exterior, se ve una espectacular vista panorámica de El Vaticano y de la ciudad de Roma, con la columnata de Bernini y el Castillo de Sant’Angelo en primer plano. Imprescindible.

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Roma 360 desde el Vaticano

De vuelta al suelo, resulta preciosa la vista de la Basílica desde la Vía della Conciliazione, que es la avenida que sale justo enfrente de la plaza de San Pedro en dirección al Castillo de Sant’Angelo.

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Via della Conciliazione

Roma tiene varios puentes que merecen la pena detenerse un poco a verlos. Algunos de los más hermosos son los que se ven desde el Castillo de Sant’Angelo.

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Castel Sant’Angelo

Más cerca de lo que parece, está el Panteón, que ya lo habíamos visto por fuera pero no por dentro. Es una visita corta, pues es relativamente pequeño, pero es otra de las visitas obligadas. Es sorprendente el estado de conservación de este edificio, en dónde están algunas tumbas de ilustres personajes, como Vittorio Emanuele II, padre de la Patria Italiana.

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Interior del Panteón

Nos acercamos hasta la Plaza Venecia, donde está, aparte del Altar de la Patria, la Columna Trajana, llena de grabados y bajorrelieves.

Desde allí, dimos paso a conocer la parte más comercial de Roma. La Vía del Corso, que lleva hasta la Piazza del Popolo está llena de tiendas y zonas comerciales. En una pequeña plaza a la izquierda, a unos 500 metros de la Plaza Venecia, está la tienda de Ferrari, para los locos de los coches como yo. Continuamos hasta la Piazza del Popolo,  amplio espacio con un obelisco en medio donde destacan las dos iglesias gemelas a la entrada de la misma. Volviendo por la Vía del Corso, y a medio camino entre la Piazza del Popolo y Plaza Venecia, hacia la izquierda, está la Vía dei Condotti, la calle de tiendas de lujo de la ciudad, que sale a la Plaza de España. Esta calle me decepcionó, pues es estrecha y no tiene ni la decoración ni los edificios que te puedes encontrar en las calles comerciales de otras grandes ciudades.

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Piazza dei Popolo

Después de comer, se acabó el día. Una mezcla explosiva de pasta, cerveza, cappuccino y un gelatti de la, en teoría, mejor heladería de Roma, hicieron que mi estómago reventase por todos los lados y castigara al resto de mis acompañantes a pasar la tarde en el hotel.

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Activación de la bomba…

Ya recuperado, y con dos kilos menos encima, madrugamos y cogimos un bus municipal y fuimos a las Catacumbas de San Calixto. Bus o taxi son las mejores formas de llegar aquí, pues está bastante alejado del centro de la ciudad. Y el bus es bastante más barato que el taxi, así que elegimos la opción correcta. Ojo que la parada es muy pequeña y solo se identifica con un pequeño cartel.

Estas catacumbas están en la Vía Apia y forman un sistema de túneles subterráneos en forma de laberinto repletos de tumbas y nichos. Merece la pena venir hasta aquí y verlas, pues es tan curioso cómo tétrico. Recordad, las fotos están prohibidas…

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Catacumbas de estrangis…

De vuelta al centro, justo antes de las murallas, nos bajamos del bus y entramos en San Pablo Extramuros, la última de las cuatro basílicas mayores que nos quedaba por visitar. Aquí destacan, aparte del tamaño de la misma, los grandes medallones que tiene la nave izquierda, donde se representan todos los papas que ha tenido la iglesia católica. Cuenta la leyenda que cuando se acaben los medallones, la iglesia desaparecerá de la forma en la que hoy en día la conocemos.

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San Pablo Extramuros

Ya de vuelta al centro, fuimos al Capitolio y a la Plaza del Campidoglio, a la que se llega tras subir unos cuantos escalones. Desde allí se accede a una terraza donde se contemplan quizás las vistas más bonitas del foro. Fuera del Capitolio, al frente, se ven los restos del antiguo Teatro de Marcelo, que más bien parece un bloque de viviendas mal cuidadas.

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En la Vía Vittorio Veneto, cerca de la Plaza Barberini, está la Iglesia de Santa María de la Concepción de los Capuchinos. Tras este nombre tan largo, se esconde uno de los secretos mejor guardados de Roma. Entrando a la cripta, con un donativo de un euro, y tras la advertencia de un monje de la prohibición de hacer fotos, encontramos cientos de calaveras, cráneos y huesos de los monjes adornando cada una de las estancias. Es muy curioso y casi ningún turista encuentra este lugar. Nosotros estábamos los cuatro solos, y no entró nadie más. En caso de querer hacer fotos, recordad que con los teléfono de ahora es mucho más fácil hacerlas “de escondidas” que con cámaras por muy compactas que sean, pero, muy importante, recordad apagar el flash.

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Cripta de los Capuchinos

Después de cenar, dimos un paseo de vuelta al hotel y pasamos, esta vez sin darnos cuenta por la Fontana de Trevi. Esta vez sí tiramos las monedas que asegurasen nuestra vuelta a la Ciudad Eterna.

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Mi padre y su nueva amiga…

Cerca de la Fontana, hay una iglesia, la de San Ignacio de Loyola, que tiene unos frescos espectaculares, donde incluso la cúpula es pintada.

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Fresco de San Ignacio de Loyola

Al lado del hotel estaba la Iglesia de Santa María de la Victoria, en la que destacan el grupo escultórico del Éxtasis de Santa Teresa de Bernini (si, el que curraba para el ayuntamiento…)

Nuestras últimas horas en Roma, al día siguiente, fueron lluviosas, pero no nos daba tiempo a nada, pues teníamos que trasladarnos al aeropuerto de Fiumicino, que está a unos 30 km de la ciudad. Por tanto, decidimos que era el momento ideal para que mi padre se despidiera de su gran amiga: la Fontana de Trevi.

En definitiva, Roma no te deja indiferente. O la adoras o la odias, pero si la odias es porque en el fondo amas su caos y su decadencia. Lo que está claro es que estamos ante una de las ciudades más icónicas del mundo y en una visita obligada para todo el que quiera hacerse llamar viajero o simplemente turista. Porque le pese a quien le pese es una ciudad inmortal, testigo de un pasado glorioso, un presente difícil pero un futuro asegurado, porque Roma es simplemente ETERNA.

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